El Cultivo de la Mente

Esta es la traducción de un texto de Allan Bennett que Aleister Crowley introdujo en The Equinox (Volumen I, Número 5). Crowley hizo algunas anotaciones en esta edición, reproducidas aquí también. Bennett fue uno de los primeros Bikkhu occidentales, y un pionero en importar el Budismo a occidente. Fue amigo y mentor personal de Crowley, y una de las tres o cuatro personas que lo más marcaron e influenciaron en sus años de aprendizaje. Para un repaso a su biografía, ver:

http://www.astrumargenteum.org/es/galeria-2/allan-bennett/

Ha Mesharet


EL CULTIVO DE LA MENTE

Por Allan Bennett
Traducción de Pyramidos

Bennett-6

(Las anotaciones de Aleister Crowley para el Equinox Volumen 1 Número 5 están marcadas con sus iniciales: A.C.)

La religión de los Budas es, en el más eminente sentido de palabra, una filosofía práctica. No se basa en una colección de dogmas que tengan que ser creídos y aceptados como una fe incuestionable e irreflexiva; sino en una serie de declaraciones y proposiciones que, en primer lugar, han de ser entendidas intelectualmente; y luego llevadas a la práctica en nuestras vidas diarias, para ser experimentadas hasta el máximo de nuestras posibilidades. La naturaleza esencialmente práctica de nuestra religión es puesta de relieve una y otra vez en nuestros Libros Sagrados. Si un hombre conoce a fondo un centenar de estanzas de la Ley pero no las practica, es que no entiende realmente el Dhamma, mientras que un hombre que conozca y practique una sola estanza de la Ley es alguien que ha entendido el Dhamma, un verdadero seguidor de El Buda. Es la práctica del Dhamma lo que constituye a un verdadero Budista, no el mero conocimiento de sus principios. Es el llevar a cabo los Cinco Preceptos y no su mera recitación en la lengua Pāli. Es el llevar las Grandes Leyes del Amor y la Justicia a la vida diaria lo que define a un hombre como Sammāditthi, y no la mera apreciación de la verdad de ese Dhamma, como si de la bella declaración poética de unas Leyes que son demasiado difíciles de seguir se tratara. Este Dhamma ha de ser vivido y llevado a cabo; ser sentido como el ideal supremo en nuestros corazones; como el motivo supremo de nuestras vidas, y quien hace esto esforzándose al máximo es el verdadero seguidor de El Maestro, y no aquel que se llama a sí mismo “Budista”, pero cuya vida está vacía del amor que El Buda predicó.

Debido a que nuestras vidas están llenas de sufrimiento, a que hacer lo correcto y obedecer la Buena Ley en cada aspecto de nuestras vidas resulta extremadamente difícil, no debemos desesperar ante la idea de ser capaces de conducirnos por el camino que hemos elegido, y evitar resignarnos a vivir una vida llena tan sólo de deseos y cosas terrenales. Pues acaso no ha dicho El Maestro: “Que ningún hombre piense en el bien a la ligera, diciendo, “no ha de venir a mí”, pues incluso con la caída de la lluvia puede llenarse un vaso de agua. El hombre sabio llega a estar ahíto de Bien, aunque vaya atesorándolo poco a poco. Aquel que lo hace lo mejor que puede; aquel que se esfuerza, aunque le cueste, en conducirse por lo que es bueno y evitar lo que es malo, ese hombre verá su poder acrecentado diariamente debido a sus esfuerzos. Y por cada deseo erróneo superado y cada impulso bueno y amoroso llevado a cabo, incrementará poderosamente nuestra capacidad para resistir el mal y vivir la vida correcta.

La totalidad de la práctica del Budismo y de la Buena Ley que aquellos que nos llamamos Budistas debemos esforzarnos en seguir ha sido resumida en el Tathāgata en una sola estanza:

“Evitar la realización de malas acciones. Obtener mérito mediante la realización de buenas acciones y la purificación de todos nuestros pensamientos: esta es la Enseñanza de todos los Budas.”

Todo Budista tiene que vivir de tal manera que pueda llevar a cabo las tres reglas aquí mencionadas. Todos sabemos lo que significa evitar el mal, y con ello nos referimos a los actos que resultan perjudiciales cada vez que tomamos Panca Sila: el arrebatar una vida, el tomar aquello que no nos pertenece debidamente, y el vivir una vida impura, diciendo mentiras o crueldades, y siendo indulgentes con las drogas y la bebida, que socavan nuestras facultades mentales y morales: estas son las malas acciones que debemos evitar. En cambio, vivir una vida pacífica y amorosa, devolviendo bien por mal y albergando reverencia y paciencia y humildad: estos son algunos aspectos de lo que conocemos por hacer el bien. Y así todos podemos entender y tratar de cumplir los dos primeros puntos de esta estanza, y esforzarnos en ponerlos en práctica en nuestra vida diaria. Pero el camino para purificar el pensamiento y cultivar los buenos pensamientos y vencer y suprimir los malos, y las prácticas por las que entrenamos y cultivamos la mente, son cosas menos conocidas y practicadas, y menos entendidas.

El objetivo de este texto es exponer lo que hay escrito en nuestra literatura sobre esos métodos de cultivar y purificar la mente: exponer cómo podemos conducirnos en la vida según esa tercera regla, pues en cierto sentido es la más importante de todas, ya que de hecho incluye en sí misma las otras dos reglas, siendo su fruto y su culminación. El evitar el mal y el hacer el bien: estas cosas no harán sino aumentar el mérito de nuestros destinos, haciendo nuestras vidas más felices, y de esta forma, más llenas de un atractivo que ahora seremos capaces de disfrutar. Y una vez que ese mérito así obtenido quede agotado, el giro de la gran Rueda de la Vida nos llevará de nuevo al mal y a una vida infeliz, pues la libertad y la Gran Paz no pueden ser alcanzadas por el mero atesoramiento de mérito. Ese mérito es secundario en importancia a la purificación y al cultivo de nuestros pensamientos, pero es esencial, pues sólo mediante la práctica de Sila, de la Conducta Correcta, obtendremos el poder de la Concentración Mental que nos hará libres. (NOTA: Sila debe entonces ser definida como la disciplina esencial para la Concentración Mental, y esto variará según la Raza, el Clima, la Individualidad, etc, etc. A.C.)

Con el fin de que podamos entender cómo hemos de alcanzar ese objetivo principal y definitivo de nuestra fe Budista, y antes de que podamos estudiar qué prácticas determinadas han de purificar nuestra mente, es necesario que entendamos primero la naturaleza de la mente en sí misma, de ese pensamiento que tratamos de purificar y liberar.

En el maravilloso sistema de psicología expuesto por nuestro Maestro, se dice que el Citta, o material-mental, se compone de innumerables elementos llamados Dhamma o Sankhāras. Si traducimos Dhamma o Sankhāra tal como es usado en este contexto como “Tendencias”, nos acercaremos probablemente al significado de la palabra. Cuando un acto dado ha sido realizado un cierto número de veces, o cuando un pensamiento dado ha surgido en nuestras mentes cierto número de veces, surge una determinada tendencia a repetir ese acto, a la recurrencia de ese pensamiento. Así, cada Dhamma mental, cada Sankhāra, tiende constantemente a reproducirse, y de esta forma, a primera vista debería parecer que no existe posibilidad de alterar la composición total de nuestros Sankhāras, ni de suprimir los malos Dhammas o aumentar los buenos. Sin embargo, al igual que nuestro Maestro nos ha enseñado que estas tendencias se reproducen, y que se trata de algo característico de todos los estados mentales, Él también nos ha enseñado que esa energía reproductiva de los Sankhāras puede ser igualmente empleada en suprimir los malos estados, y en cultivar los buenos. Ya que si un hombre alberga gran cantidad de poderosos Sankhāras en su naturaleza que tienden a hacerlo irritable o cruel, se nos ha enseñado que él puede superar esos malos Sankhāras mediante la práctica de concentrarse mentalmente en Sankhāras de una naturaleza opuesta, y en la práctica de dedicar un tiempo dado cada día a meditar en pensamientos de compasión y amor. De este modo él incrementa los Sankhāras que en su mente tienden a hacer al ser humano amoroso y compasivo, y dado que “El odio no se detiene nunca a causa del odio, sino sólo por el Amor,” lo mismo ocurrirá con esos malos Sankhāras presentes en su naturaleza, cuyas tendencias a la irritación y a la crueldad desaparecen ante el surgimiento de nuevas tendencias inclinadas hacia el amor y la compasión, del mismo modo que la oscuridad de la noche se desvanece en la gloria del amanecer. Así vemos que una forma (la mejor forma) de superar los malos Sankhāras consiste en el cultivo sistemático, a través de la meditación, de las cualidades opuestas a las malas tendencias que deseamos eliminar. Y en la característica central de la práctica de la meditación definida o de concentrarnos mentalmente en los buenos Sankhāras, tenemos la clave del sistema entero del Cultivo y Purificación de la Mente, que constituye el trabajo práctico básico en la religión Budista.

Si analizamos el funcionamiento de una gran y compleja maquinaria , como por ejemplo el motor que hace avanzar a un buque de vapor a través del agua, veremos que tiene, primero y ante todo, un fuente central de energía y funcionamiento, en este caso el vapor que es generado en las calderas. Esta energía en sí misma no es buena ni mala, es simplemente Poder, y si ese poder realiza el trabajo provechoso de hacer avanzar el buque, o bien la mala faena de romperse y destruirlo, llevando a sus tripulantes a la muerte, todo ello depende de la correcta operación coordinada de cada una de las distintas partes de esa compleja maquinaria. Si las válvulas deslizantes de los grandes cilindros se abren demasiado pronto y dejan pasar la corriente antes de tiempo, se perderá mucha fuerza al sobrepasar la resistencia de la corriente en sí misma. Si las válvulas permanecen abiertas demasiado tiempo, la fuerza expansiva de la corriente será desperdiciada, e igualmente se perderá fuerza. Si se abren demasiado tarde, mucho del momentum del motor será malgastado en mover inútilmente la gran masa de la maquinaria. Lo mismo ocurre con cada parte del motor. En cada parte, la fuerza principal proviene de la energía expansiva concentrada de la corriente, pero esa energía debe aplicarse en cada pieza diferente del mecanismo de la forma correcta y precisa en el momento justo, pues de otro modo la máquina no funcionará en absoluto, o mucha de la energía de la corriente será malgastada en sobrepasar su propia fuerza contraria.

Del mismo modo ocurre con la sutileza de la maquinaria de la mente: un mecanismo infinitamente más complejo, capaz de un poder mucho mayor para el bien y el mal que el más maravilloso de los ingenios mecánicos fabricados por el hombre. Un gran motor que explote puede, en el peor de los casos, acabar con unos pocos cientos de vidas, o como mucho llevarse unos pocos miles de hombres. Por otro lado también puede proporcionar confort a algunos cientos de vidas, ¿pero quién puede estimar el poder de una mente humana, tanto para el bien como para el mal? La mente de un hombre como Napoleón por ejemplo puede ocasionar la muerte torturada de tres millones de hombres; puede destruir estados, religiones y dinastías, y causar miseria y sufrimiento sin igual. En cambio otra mente, empleando el mismo tipo de energía, puede utilizar esa misma energía para el beneficio de otros; puede, como El Buda, traer esperanza a las vidas desesperadas de billones de billones de seres humanos; puede multiplicar por mil la compasión y el amor de un tercio de la humanidad, y ayudar a innumerables seres a alcanzar esa paz que todos ansiamos, el camino a esa Paz que es tan difícil alcanzar.

Pero la energía que emplean estas dos mentes es la misma. Esa energía, propia del cerebro humano y generada con cada pulsación del corazón, es la prerrogativa de todo ser, y el único motor del mundo de los hombres. No hay idea, pensamiento ni acto, ya sean buenos o malos, de los que esa suprema energía, esa energía a vapor de nuestro mecanismo mental, no sean el motor y la causa. Es gracias al uso de esta energía que el niño aprende a hablar; es por medio de este poder que Napoleon pudo llevar el sufrimiento a miles de vidas; es por medio de este poder que El Buda conquistó los corazones de un tercio de la raza humana; es por medio de esta fuerza que tantos lo han seguido a Él por el Camino que nos expuso: el Nibbana Magga, el camino de la Paz Inexpresable. Este poder es llamado Concentración Mental, y no hay nada en este mundo, ya sea bueno o malo, que no sea ocasionado por su aplicación. Va tejiendo en el telar del tiempo la forma del carácter y el destino de los hombres. Nombra y da forma a los hilos gemelos de los pensamientos y acciones buenas y malas de los hombres, y el patrón de ese telar es el resultado de vida innumerables.

Es gracias al poder de este Samādhi o Concentración Mental que el bebé aprende a caminar, y es gracias a este poder que Newton pudo medir las estrellas y los mundos. Este es el motor a vapor de nuestro organismo, y todo aquello que nos hace grandes o pequeños, o buenos o malos, es el resultado de la forma en que el mecanismo de la mente, compuesto de todos esos complejos Sankhāras, aplica y utiliza dicha energía. Si los Sankhāras actúan en armonía y sus diferentes funciones están bien coordinadas, ese hombre posee un gran poder, ya sea para el bien o para el mal. Cuando vemos un hombre de mente y voluntad débil, podemos estar seguros de que las acciones de sus Sankhāras están trabajando unas contra las otras, de forma que su poder central, el poder de Samādhi, está malgastado una parte de la mente en imponer su propia energía sobre la otra parte.

Si un ingeniero habilidoso, conociendo bien las funciones de cada parte de una maquinaria, fuera a tratar con una máquina cuyas partes no funcionaran al unísono, y que de esa forma desperdician la energía que les es suministrada, él cogería dicho motor parte por parte, ajustando una válvula aquí y un disco allá. Él observaría el efecto de sus alteraciones con cada movimiento del motor entero, y así, poco a poco, pondría toda la maquinaria a trabajar al unísono para que el motor empleara toda la energía que se le suministra… Y esto es lo que tenemos que hacer con el mecanismo de nuestras mentes, cada uno por sí mismo. En primer lugar, tenemos que investigar seriamente los Sankhāras que nos constituyen para ver qué nos falta, dónde es bien usada nuestra energía y dónde resulta desperdiciada, y entonces mantener ajustadas, poco a poco, todas esas partes en funcionamiento de nuestro motor mental, hasta que cada una sea puesta en funcionamiento de la forma deseada, y el total de la vasta compleja maquinaria de nuestra mente trabaje con un único objetivo: el fin para el cual estamos trabajando; el objetivo que ahora yace aún tan lejos (aunque no tanto), pero que podemos aún esforzarnos por alcanzar.

¿Pero cómo vamos a ajustar y alterar los Sankhāras de nuestras naturalezas? Si una parte de nuestra maquinaria mental utiliza nuestra energía erróneamente, hará que nuestra energía pase por los canales incorrectos. ¿Cómo vamos a remediarlo? Tomemos otro ejemplo del mundo de la mecánica. Existe cierta pieza de las locomotoras llamada “válvula de corredera”. Se trata de una pieza muy importante, ya que su deber consiste en dejar pasar la corriente a las partes en funcionamiento del motor, y la eficiencia de la locomotora depende por entero de la ejecución precisa de esta pieza. La gran dificultad de esta válvula de corredera consiste en el hecho de que su superficie deber ser perfecta y casi matemáticamente llana, y no ha sido aún diseñada máquina alguna que pueda pulir su superficie lo bastante. De modo que lo que se hace es lo siguiente: utilizar toda la fuerza de la corriente en sí misma, la acción violenta de la corriente, para aplanar la superficie de la válvula hasta que sea lo suficientemente llana. La válvula, tan aplanada como puede conseguir la maquinaria, es colocada en su sitio y empieza a admitir la corriente, por lo que se hace que la válvula trabaje bajo una gran presión y muy rápidamente durante un tiempo. Mientras se mueve hacia adelante y atrás rápidamente bajo una presión de corriente inusualmente pesada, la mera fricción contra la superficie del cilindro sobre la que se mueve es suficiente para desgastar las pequeñas irregularidades, que de otro modo serían una importante fuente de pérdidas de energía. Del mismo modo debemos hacer con nuestras mentes: debemos tomar nuestros Sankhāras buenos y útiles uno a uno y ponerlos bajo una inusual presión por medio de una concentración mental determinada. De esta forma, esos buenos Sankhāras se harán diez veces más eficientes, no habrá más pérdidas de energía, y nuestro mecanismo mental trabajará diariamente más y más armoniosa y poderosamente. A partir del momento en que el Reflejo Mental (NOTA: El Reflejo Mental o Nimitta, es el resultado de la práctica de ciertas formas de Samadhi. Para un informe detallado ver el Visuddhi Magga–A.C.) es alcanzado, logramos controlar los impedimentos (esto es, la acción de los Sankhāras opuestos), las pérdidas (Āsavas; una palabra comúnmente mal traducida que significa, literalmente, pérdidas; es decir, pérdidas a través de los canales incorrectas de la energía de la mente) se reducen, y la mente se concentra por medio de la concentración en el grado vecino. (NOTA: Vissuddhi Magga, Hay dos grados de concentración mental – “Concentración vecinal” y “Concentración de Logro” respectivamente.)

Ahora veamos como esos Sankhāras, esas partes de nuestro mecanismo mental en funcionamiento, llegan a aparecer. Pensemos en un niño que aprende a hablar. El niño escucha un sonido, y aprende a relacionar por asociación este sonido con una idea definida. Mediante el poder de su concentración mental, el niño se agarra a ese sonido mediante su grupo imitativo de Sankhāras. Él repite ese sonido, y mediante otro esfuerzo de concentración, imprime la idea de ese sonido en alguna célula cortical de su cerebro, donde permanece como un tenue Sankhāra, preparado para ser invocado cuando sea requerido. Entonces, cuando en cualquier momento surge la ocasión que recuerda la idea que ese sonido representa, el niño necesita reproducir ese sonido con el fin de obtener algún objeto deseado. Concentra su mente con toda su voluntad en el cortex de su cerebro correspondiente a la memoria, hasta que un tenue Sankhāra aparece, como una especie de eco mental del sonido que merodea en esa pequeña célula cerebral, y, como una cuerda pulsada por el viento, la célula ofrece a la mente una tenue repetición de la idea atribuida al sonido que lo causó. Mediante otro esfuerzo de concentración, ahora apartada del área de la memoria y llevada al centro del habla en el cerebro, las cuerdas vocales del niño se estiran de la forma particular requerida para la producción de ese sonido, los músculos de los labios y la garganta y la lengua realizan los movimientos necesarios, el aparato respiratorio se acciona controladamente para que sólo la cantidad adecuada de aire pase por las cuerdas vocales, y el niño habla: pronuncia la palabra que ha aprendido primero a asociar con el objetivo de su deseo presente. Este es el proceso de la formación de un Sankhāra. Cuanto más frecuentemente ve el niño repetirse esta idea, más frecuentemente tiene que pasar por todo el proceso requerido; más a menudo, en otras palabras, tiene la mente del niño que realizar una concentración mental, o Samādhi, sobre esa serie particular de movimientos mentales y musculares, y más poderoso se vuelve el conjunto de Sankhāras involucrados, hasta el punto en que el niño llegará a recordar la idea asociada al sonido, pasando a través de todos esos complejos movimientos de los órganos del habla, sin ningún nuevo esfuerzo de concentración mental apreciable. En efecto, esa cadena de asociaciones, esa función particularmente ordenada de la memoria y el habla, se establecerá por medio de las pasadas concentraciones mentales como un poderoso Sankhāra en el niño, y ese Sankhāra tenderá a repetirse cuando las necesidades que llevan al Samādhi original se presenten, reproduciendo las palabras automáticamente y sin ningún esfuerzo especial.

Así vemos que los Sankhāras surgen a partir de todo acto de concentración mental. Cuanto más se repita el acto de Samādhi, o más poderosamente lo haga, más poderosos serán los Sankhāras producidos. Así una palabra en un nuevo lenguaje, por ejemplo, puede volverse un Sankhāra y ser perfectamente recordada sin mayor esfuerzo, gracias a un mayor esfuerzo de concentración mental, o a muchas repeticiones de la palabra realizadas con escasa concentración.

Así pues, los métodos prácticos dados para la cultura y purificación de la mente son dos, de acuerdo con el método indicado por nuestro Maestro: en primer lugar Sammāsati, es decir la adecuada reflexión sobre cosas con el fin de cercionarnos de su naturaleza, una investigación o análisis de los Dhammas de nuestra propia naturaleza, en este caso; y en segundo lugar Sammāsamāddhi, o el invocar en la mente los poderes de la concentración con el fin de que los buenos Dhammas puedan volverse poderosos Sankhāras en nuestra mente. En cuanto a los malos estados, han de ser considerados como meras pérdidas del poder central, y el remedio para esto, tal como ocurría con la válvula de la locomotora, es la práctica intensa de aquellos buenos estados que sean de naturaleza opuesta. Por lo que primero tenemos que analizar y observar con gran precisión los estados que están presentes en nosotros mediante el poder de Sammāsati, y entonces practicar la concentración sobre los buenos estados, especialmente sobre aquellos que tengan un especial sesgo en nosotros. Mediante la concentración mental queremos decir una intención dada a los pensamientos: el concentrarnos durante un tiempo definido en un único pensamiento a la vez. Esto resultará al principio muy difícil. Si te sientas y meditas sobre el amor, por ejemplo, pasado medio minuto más o menos descubrirás que estás pensando en lo que alguien te dijo anteayer. Así ocurre siempre al principio. El Buda comparó la mente de alguien que empieza con esta práctica de Samādhi a un ternero acostumbrado a correr de un lado a otro de los campos sin impedimentos, al que han atado ahora con una cuerda a un poste. La cuerda representa la práctica de la meditación, y el poste el tema particular elegido para la meditación. Al principio el ternero intenta romper la cuerda, y corre de aquí para allá en todas direcciones, pero nunca va más allá de cierta distancia del poste debido a la cuerda a la que está atado. Durante largo tiempo, si se trata de un ternero especialmente inquieto, este proceso continúa, pero al final el ternero empieza a tranquilizarse y a darse cuenta de la futilidad de debatirse, y se tumba a un lado del poste. Lo mismo ocurre con la mente. Al principio, sujeta a esta disciplina de concentración, la mente trata de escapar, corriendo en esta o en aquella dirección, y si es una mente inusualmente inquieta, le lleva mucho tiempo darse cuenta de la inutilidad de intentar escapar. Pero siempre, si la mente ha llegado hasta cierta distancia del poste, obteniendo así cierta distancia del tema seleccionado para la meditación, el hecho de que te hayas sentado con el objetivo definido de meditar actúa como la cuerda, y la mente se da cuenta de que el poste era realmente su objetivo, de forma que vuelve hacia él. Cuando la mente, habiéndose concentrado y estabilizado, se tumba por último junto al poste y ya no trata más de escapar del objeto de la meditación, la concentración es alcanzada.

Esto requiere mucho tiempo y gran cantidad de ardua práctica, y con el fin de que podamos hacer más fácil la parte más molesta de la práctica, vamos a sugerir varios métodos. Uno de ellos es que todos podemos beneficiarnos de la acción de ciertos Sankhāras. Ya sabemos cómo aprendemos hábitos: hábitos de hacer cosas, particularmente de hacer cosas en un determinado momento del día. Por ejemplo, siempre tendemos a levantarnos a un momento determinado de la mañana, y siempre tendemos a levantarnos a la misma hora del día. Aprendemos el hábito de cenar a las siete en punto, y no nos sentimos hambrientos hasta que se acerca esa hora, y si cambiamos el horario de nuestras comidas, al principio siempre nos sentiremos hambrientos a las siete, y luego, con la fuerza de la costumbre, un poco después de las siete el hambre se desvanecerá, y pronto nos acostumbraremos al nuevo estado de las cosas. En efecto, la práctica de cualquier acto y la persistencia de cualquier conjunto dado de ideas, repitiéndose regularmente en un momento dado del día, forma dentro de nosotros una tendencia muy poderosa a la recurrencia de esas ideas o a la práctica de ese acto a la misma hora cada día.

Ahora podemos hacer uso de ese hábito horario de la mente para ayudarnos en nuestra práctica de la meditación. Escoge una hora dada del día y practica siempre a esa misma hora, incluso si lo haces sólo durante diez minutos, pero siempre exactamente a la misma hora del día. En poco tiempo tu mente habrá establecido un hábito al respecto, y te resultará mucho más fácil concentrarte a esa hora en particular que a cualquier otra. Deberíamos también considerar el efecto de nuestras funciones corporales en la mente. Cuando acabamos de comer la mayor parte de nuestra energía disponible está dirigida a ayudarnos en la digestión, por lo que en esos momentos la mente esta soñolienta y perezosa, y bajo esas circunstancias no podemos utilizar todas nuestras energías en concentrarnos. De modo que escoge un momento en que el estómago esté vacío, y por supuesto el mejor momento desde este punto de vista es cuando nos levantamos por la mañana. Otra cosa que encontrarás muy molesta para tu concentración al principio es el sonido, cualquier sonido repentino e inesperado, muy en particular. Por lo que es mejor escoger tu horario cuando la gente no está alborotada, cuando haya tan poco ruido como sea posible. Para ello, de nuevo la primera hora de la mañana es la más indicada, o bien tarde por la noche, y generalmente hablando, descubrirás que te resulta más fácil concentrarte justo después de levantarte, o bien por la noche justo antes de irte a dormir.

Otra cosa que afecta mucho a los Sankhāras es el lugar. Si lo piensas, te darás cuenta del tremendo efecto que tiene el lugar en la mente. La mente del comerciante puede estar repleta de preocupaciones, pero tan pronto como entra en su oficina o lugar de negocios esos problemas desaparecen, esa persona se convierte en un perspicaz y competente hombre de negocios. Un doctor puede estar totalmente deshecho y medio dormido cuando lo llaman por la noche para atender un caso urgente, pero tan pronto como ocupa su puesto en el lugar donde ejerce su profesión, en este caso la cama de su paciente, las poderosas implicaciones del lugar se imponen a su cansancio y torpor mental, y vuelve a estar totalmente despierto y con sus facultades alerta, con su mente trabajando hasta el límite exigido por su complicada profesión. Lo mismo ocurre con todo: el comerciante en su escritorio, el capitán en el puente de su barco, el ingeniero en su sala de máquinas, el químico en su laboratorio… El efecto que tiene el lugar en la mente siempre despierta un conjunto particular de Sankhāras: los Sankhāras asociados en la mente con el lugar.

También existe quizá cierta atmósfera intangible de pensamientos que inspiran los lugares en los que actos y pensamientos definidos han sido constantemente repetidos. Es por esta razón que sentimos una gran paz y tranquilidad cuando vamos a un monasterio. Un monasterio es un lugar donde los hombres piensan profundamente en los grandes misterios de la Vida y la Muerte, es el hogar de aquellos que se han dedicado devotamente a la práctica de la meditación, y el centro de la vida religiosa del pueblo. Cuando la gente de Burma quiere divertirse, realizan espectáculos musicales y dramáticos en sus propias casas en el poblado, pero cuando sienten una religiosidad imperiosa, entonces van a su monasterio. De este modo, la gran masa de pensamientos que surgen en un monasterio son pacíficos, tranquilos y sagrados, y esta atmósfera de paz, tranquilidad y santidad parece penetrar e infundir todo el lugar, hasta que los muros y el tejado, e incluso más, el mismo suelo del recinto sagrado, parecen anegados de esa atmósfera de santidad, como una especie de tenue y distante perfume que sin embargo uno puede sentir. Puede que así cierta porción de las formas de pensamiento, impalpable aunque más notable, trepe de esta forma a los mismos muros del lugar. No podemos afirmarlo totalmente, pero lo cierto es que si le tapas los ojos a una persona sensible y la llevas a un templo, te dirá que se trata de un lugar pacífico y sagrado, mientras que si la llevas a un matadero se sentirá inconfortable y temerosa.

Debido a esto, deberíamos escoger para nuestras prácticas de meditación un lugar que sea adecuado para la labor. Resulta de gran ayuda, por supuesto, disponer de un conjunto de Sankhāras de lugar obtenidos de esta forma, y de un lugar especial donde podamos dedicarnos exclusivamente a nuestras prácticas y donde nadie salvo nosotros mismos acceda, pero, para un principiante especialmente, esto es muy difícil de obtener. En el Visuddhi Magga se dan instrucciones sobre cómo el sacerdote que está practicando Kammaṭṭhāna ha de seleccionar un lugar un poco alejado del monasterio donde la gente no se acerque, ya sea en una cueva o en una grieta en las montañas. O bien ha de fabricarse o hacerse con una pequeña choza, que sólo él utilice. Pero como este retiro perfecto no es fácil de obtener para un principiante, debe escogerse cualquier lugar que sea adecuado, algún lugar donde, a la hora de realizar sus prácticas, sufra tan pocas molestias como le sea posible, y si es posible, no debería tratarse del mismo lugar en el que duerme, ya que los Sankhāras de dicho lugar tenderían, tan pronto como ha tratado de reducir el número de sus pensamientos, a darle sueño, lo cual es una de las cosas principales contra las que hay que guardarse.

Una vez escogidos el horario y el lugar, es importante no alterarlos hasta que nuestra capacidad de concentración haya sido fuertemente establecida. A continuación ha de considerarse la postura corporal. Si nos mantenemos de pie para meditar, una buena parte de la energía irá dirigida a mantener la postura erguida. Tumbarnos tampoco es bueno, porque está asociado en nuestras mentes con el irnos a dormir. Por lo tanto la postura sentada es la mejor. Lo ideal es que te sientes con las piernas cruzadas en la postura del Buda-rupa, ya que esta postura tiene muy buenos Sankhāras asociados con ella en la mente de los Budistas.

Luego viene la importante cuestión de sobre qué vamos a meditar. Los temas sobre los que meditar están clasificados en los libros en cuarenta categorías. Antiguamente un hombre que deseara practicar Kammaṭṭhāna se dirigía a algún gran hombre que hubiera practicado mucho y alcanzado un gran conocimiento espiritual, y por virtud de su conocimiento espiritual, ese Arahan podría decirle cuál de las cuarenta categorías se adapta mejor al aspirante. Hoy en día esto es difícilmente posible, ya que pocos practican este Kammaṭṭhāna, de modo que resulta casi imposible encontrar a alguien con una visión espiritual semejante. En consecuencia lo mejor es practicar aquellas formas de meditación que con más probabilidad incrementen nuestras cualidades más elevadas: las cualidades del Amor, la Compasión, la Simpatía, y la Indiferencia a la vida y a los asuntos mundanos: esas formas de Sammāsati que nos darán una percepción precisa de nuestra propia naturaleza y del Sufrimiento, la Transitoriedad, y la Falta de Alma de todas las cosas en la Rueda de Samsāra, y esas formas que mejor calmen nuestras mentes, haciéndonos pensar en cosas santas y bellas, como por ejemplo en la vida del Buda, la naturaleza liberadora del Dhamma que Él predicó, y la vida pura por la que se conducen Sus Bhikkhus.

Hemos visto cómo se forma un poderoso Sankhāra en un día o dos, ya sea por medio de un tremendo esfuerzo de concentración o de muchos ligeros esfuerzos. Dado que resulta dificultoso para un principiante hacer un esfuerzo muy grande, resulta más simple tomar una idea que pueda ser expresada en pocas palabras, y repetir estas palabras en silencio una y otra vez. La razón para el uso de una fórmula de palabras es que, debido a la complejidad de las acciones del cerebro que conlleva la producción de las palabras, se generan unos Sankhāras muy poderosos por medio de este hábito de repetición silenciosa. Las palabras sirven como una poderosa ayuda mecánica para evocar constantemente la idea que representan. Con el fin de mantener un registro del número de veces que la fórmula ha sido repetida, los Budistas utilizan un rosario de ciento-ocho perlas, lo cual representa una ayuda muy conveniente. De esta forma uno formula por sí mismo el ideal del Gran Maestro, reflexionando sobre Su Amor y Compasión, sobre esa gran vida dedicada a la asistencia espiritual de todos los seres. Uno formula en su mente la imagen de El Maestro, intentando imaginarlo tal como Él predicó ese Dhamma que ha supuesto la liberación de tanta gente, y cada vez que la imagen mental se desvanezca, uno murmura Buddhanussati: “él reflexiona sobre El Buda”, y aparta una las perlas del rosario. Y se obra del mismo con el Dhamma, y con la Sangha, y con cualquier otra cosa sobre la que uno prefiera meditar.

Pero quizá la mejor de todas las distintas meditaciones sobre el ideal, es aquella conocida como los Cuatro Estado Sublimes: Cattāro Brahmavihāra. Esta meditación concentra la Citta de un modo muy poderoso y efectivo, y aparte tiende a incrementar en nosotros las cualidades más provechosas de la mente. Uno se sienta en dirección al Este preferentemente, y tras reflexionar en las virtudes de Tiratana, tal como se establece en las fórmulas Iti pi so Bhagava, etc, concentra su pensamiento en la idea del Amor, e mientras imagina un rayo de amor saliendo de su corazón y abrazando a todos los seres del Cuadrante Este del Mundo, recita esta fórmula: “Y dejo que mi mente impregne el Cuadrante Este del Mundo con pensamientos de Amor, con un Corazón de Amor grande y poderoso llegando hasta más allá de todo límite, hasta que no hay ser alguno en todo el Cuadrante Este del Mundo por el que no haya pasado, que no haya sido impregnado con pensamientos de Amor, con un Corazón de Amor grande y poderoso llegando hasta más allá de todo límite.” Mientras pronuncies estas palabras imagina tu amor dirigiéndose hacia el Este como un gran rayo de luz, y piensa primero en todos tus amigos y seres queridos e imprégnalos con pensamientos de amor. Luego concéntrate en todos aquellos seres innumerables en el Cuadrante Este a quienes no conoces, que te resultan indiferentes pero a quienes no obstante tienes que amar, e imprégnalos a ellos también con el rayo de tu amor. Y por último piensa en todos aquellos que son contrarios a ti, los enemigos que te han hecho mal, y a esos también, mediante un esfuerzo de voluntad, imprégnalos con tu amor, “hasta que no hay un sólo ser en todo el Cuadrante Este de la Tierra por el que no hayas pasado, a quien no hayas impregnado con pensamientos de Amor, con un Corazón de Amor grande y poderoso llegando hasta más allá de todo límite.” Luego imagina de nuevo un rayo similar de amor saliendo de tu corazón en dirección a tu derecha, y repite mentalmente la misma fórmula, sustituyendo la palabra “Sur” por “Este”, y repite la misma serie de pensamientos en esa dirección. Y del mismo modo hacia el Oeste, y hacia el Norte, hasta que hayas penetrado a todos los seres a tu alrededor con esos pensamientos de Amor. Luego imaginas tus pensamientos dirigiéndose hacia abajo, abrazando a todos los seres por debajo tuyo mientras repites la misma fórmula, y por último hacia arriba, impregnando con la calidez de tu amor a todos los habitantes de los mundos superiores. De este modo habrás meditado en todos los seres con pensamientos de amor en las seis direcciones del espacio, dando fin a la meditación del Amor.

Luego has de utilizar la misma fórmula para proceder con los otros tres Estados Sublimes. Concéntrate en todos los seres que están envueltos en la Rueda de Samsāra, en el incesante sufrimiento de la existencia. Concéntrate especialmente en aquellos que en este momento sufren especialmente, en los débiles, los infelices, los enfermos y los agonizantes. Has de dirigir un rayo de piedad y compasión hacia ellos en las seis direcciones del espacio. De esta forma, impregnando a todos los seres con pensamientos de Compasión, continúas con la meditación de la Felicidad. Meditas en todos los seres que son felices, desde la felicidad más mundana del amor terrenal hasta la más alta: la felicidad de aquellos que están libres de todo defecto, la inexpresable felicidad de aquellos que han alcanzado el Nibbana Dhamma. Buscas sentir la felicidad de todos esos seres, entrar en la dicha de sus corazones y vidas e incrementarla. Y así impregnas las seis direcciones con pensamientos de felicidad, con ese sentimiento de simpatía por todo lo que es feliz, justo y bueno.

Entonces, finalmente, has de concentrarte en todo lo que es malvado y cruel en el mundo, en las cosas que tientan a los hombres con alejarlos de una vida santa. Ofrece a todos esos seres malvados pensamientos de indiferencia, entendiendo que todo su mal surge de su ignorancia; de los Āsavas, las pérdidas de poder mental que van a parar a los canales equivocados. Entiende que no es tu deber condenarlos ni despreciarlos, sino ser indiferente hacia ellos. Y cuando hayas terminado esta meditación de la Indiferencia, habrás completado la meditación sobre los Cuatro Estados Sublimes: sobre el Amor, la Compasión, la Felicidad, y la Indiferencia. La meditación del Amor vencerá en ti todo el odio y la ira; la meditación de la Compasión vencerá tus Sankhāras de crueldad y maldad; la meditación de la Felicidad te apartará de todos los sentimientos de envidia y malicia; y la meditación de la Indiferencia te apartará de cualquier simpatía con los caminos y pensamientos equivocados. Y si practicas diligentemente estos Cuatro Estados Sublimes, verás cómo te vuelves más amoroso y compasivo día a día, sumamente feliz e indiferente a la desgracia personal y al mal. Tan poderoso es este método de meditación que una breve práctica dará resultados, resultados que encontraras en funcionamiento en tu vida y tus pensamientos, trayéndote paz y felicidad a ti y a todo el mundo a tu alrededor.

A continuación viene la muy importante labor de Sammāsati: el análisis de la naturaleza de las cosas que nos lleva a darnos cuenta de cómo en el Círculo de Samsāra todo está caracterizado por las tres características de el Sufrimiento, la Transitoriedad, y la Falta de Alma; cómo no hay nada que esté libre de estas tres características, y cómo sólo la correcta reflexión y la correcta meditación pueden liberarnos de ellas y abrirnos el camino hacia el Palacio. Debido a que el ser humano está profundamente enredado en los problemas del mundo; a que gran parte de nuestras vidas está compuesta de nuestros pequeños odios y amores, esperanzas y miedos; a que pensamos mucho en nuestras riquezas y en aquellos por los que sentimos un amor terrenal, y en nuestros enemigos, y en todas las pequeñas preocupaciones de nuestra vida diaria, resulta muy difícil alcanzar la percepción adecuada y darnos cuenta de la verdad absoluta en lo profundo de nuestros corazones. Pensamos que no tenemos más que una vida y un cuerpo, por lo que los protegemos con gran atención y cuidado, desperdiciando energía mental provechosa en cosas efímeras. Pensamos que no existe más que una forma de vivir, por lo que pensamos constantemente en cómo mejorar nuestra posición e incrementar nuestra fortuna.

“Tengo tanto hijos; esta riqueza me pertenece”: así piensa el hombre necio. Si él mismo no posee ni siquiera un ser, ¿como va a tener hijos o riqueza? Si pudiéramos mirar atrás, a través de la larga escalera de nuestras innumerables vidas pasadas; si pudiéramos ver cómo hemos ostentado tantas veces todas esas posiciones y tenido fortunas innumerables, hijos innumerables, amores y esposas innumerables; si pudiéramos mirar atrás y ver la constante e inevitable miseria de todas esas vidas, seríamos capaces de entender nuestras mentes y voluntades, tan cambiantes, y toda la poderosa fantasmagoría de la ilusión que creemos tan real. Si pudiéramos hacer esto nos daríamos cuenta realmente de la total miseria y futilidad de esta vida terrenal, y entenderíamos esas tres características, presentes en todas las cosas existentes. Entonces nuestros deseos de escapar de esta perpetua ronda de sufrimiento aumentarían, haciéndonos trabajar con todo nuestro empeño por la Liberación.

Existe una forma de meditación Sati que resulta muy útil, tanto más en cuanto no está confinada necesariamente a ningún momento particular del día, sino que puede realizarse en cualquier momento. Se trata de Mahasatipaṭṭhāna, o la “Gran Reflexión”. Sea lo que sea que estés haciendo, tan sólo observa y toma nota mental de ello, prestando atención a entender que todo lo que ves está poseído por las tres características del Sufrimiento, la Impermanencia, y la falta de un Principio Inmortal o alma. Piensa en la acción que estás realizando, y piensa que estás pensando la sensación que estás sintiendo, como si fuera propia de alguna persona exterior y no de ti, teniendo cuidado de no pensar “estoy haciendo esto y esto”, sino más bien “Existe tal y tal estado o acción”, e interpretando de este modo tus acciones corporales. Cuando vayas caminando, concentra toda tu atención en lo que estás haciendo, de un modo impersonal. Piensa: “Ahora él levanta su pie izquierdo”, o mejor: “Hay una acción de levantar el pie izquierdo.” “Ahora se levanta el pie derecho; ahora el cuerpo avanza un poco hacia delante; ahora se gira hacia la derecha; y ahora se queda quieto.” De este modo, practica concentrándote en observar todas las acciones que realizas, todas las sensaciones que surgen en tu cuerpo, todos los pensamientos que surgen en tu mente, y analiza siempre cada objeto de tu concentración como en el caso citado arriba, relativo a las acciones corporales del caminar. Pregúntate “¿qué es lo que camina?” y mediante un minucioso análisis reflexiona que no existe ser ni alma alguna dentro del cuerpo que camina, sino únicamente un conjunto particular de elementos químicos, unidos y cohesionados por el resultado de ciertas categorías de fuerzas, como por ejemplo la atracción química y otras parecidas. Estas fuerzas actúan al unísono, y debido a cierto estado de coordinación, caminan y se mueven de un modo o de otro, debido la aparición simultanea de ciertos procesos químicos que tienen lugar en el cerebro, los nervios, los músculos y la sangre. Este estado de coordinación que hace que dichas acciones complejas sean posibles es el resultado de las fuerzas de innumerables estados similares de coordinación, y el resultado de todos esos estados previos de coordinación actuando juntos constituye lo que llamamos un ser humano viviente. Así, debido a otra serie de procesos que componen el cerebro, la idea surge: “Estoy caminando,” pero realmente no existe un “Yo” que camine, sino tan sólo una masa de procesos y compuestos químicos en permanente cambio (NOTA: El estudiante debería recordar que esto es tan solo un (ilusorio) punto de vista. La postura idealista y ego-céntrica es tan cierta como falsa -A.C.). Esta masa de compuestos químicos no tiene nada de permanente, pero está, por otro lado, sujeta al dolor y al sufrimiento y a la fatiga de cuerpo y mente. Su tendencia principal consiste en formar nuevos conjuntos de fuerzas coordinadas de una naturaleza similar: nuevos Sankhāras, que en su giro causarán nuevas combinaciones similares de elementos químicos, formando así una cadena sin fin de seres sujeta a las miserias del nacimiento, la enfermedad, la decadencia, la vejez, y la muerte. Y el único modo de escapar de este ciclo perpetuo de existencias es siguiendo el Noble Camino Óctuple expuesto en los Sammāsambuddha. Es sólo por medio de la práctica diligente de Sus Preceptos que podemos obtener la energía necesaria para el logro de la Concentración: únicamente por medio de Sammāsati y Sammāsamādhi podemos obtener la liberación final a todo ese sufrimiento. Practicando seriamente todas estas reflexiones y meditaciones, el camino de la liberación se abrirá ante nosotros, al igual que el camino que lleva a Nibbana, el Estado de la Paz Inmutable. Y del mismo modo habréis de obrar, si reflexionáis constantemente tanto en el Cuerpo como en las Sensaciones, Ideas, Sankhāras, y en la Consciencia en sí.

Esta es una pequeña parte del camino de la meditación: el camino en el que la mente y el corazón pueden ser purificados y cultivados. Y ahora vamos con unas observaciones finales.

Debe ante todo ser recordado que ninguna cantidad de lectura o charla sobre estas cosas vale un único momento de su práctica. Hay que hacer las cosas, no especular sobre ellas, y sólo aquel que practica puede obtener los frutos de la meditación. Sólo queda una cosa por decir, y tiene relación con la importancia de Sila, o Conducta Correcta, el Comportamiento Moral. Ha sido dicho que Sila por sí solo no puede conducir al Nibbana Dhamma, pero no obstante este Sila es de la más vital importancia, pues no existe Samādhi ni Concentración Mental sin Sila, sin Conducta Correcta. ¿Y por qué? Porque, dándole la vuelta a nuestro símil de la máquina de vapor, mientras Samādhi, la Concentración Mental, es el poder a vapor de esta máquina humana; el fuego que calienta el agua, el fuego que ocasiona ese vapor y lo mantiene a alta presión, es el poder de Sila. Un hombre que apague su Sila está apagando su propio fuego interior, y tarde o temprano, dependiendo de sus reservas de combustible de Sila, quedará poca o ninguna energía a su disposición. De modo que este Sila tiene una gran importancia: debemos evitar el mal y hacer únicamente el bien, pues sólo de este modo podemos obtener energía para practicar y aplicar nuestra filosofía Budista; sólo de este modo podemos llevar a efecto esa tercera regla de la estanza de la que hemos hablado; sólo de este modo podemos seguir realmente los pasos de nuestro Maestro y llevar a cabo Sus preceptos para purificar nuestra mente. Sólo de este modo, y recordando y estando a la altura de su expresión final: “Athakho, bhilckhave, āmentayāmi vo;  vayadhammā sankhāra, āppamādena sampādetha” pues no hay Samadhi ni Concentración Mental sin Sila, sin Conducta Correcta.

E Aquí! Ahora, oh Hermanos, os exhorto! La decadencia es inherente a todas las Tendencias; por lo tanto, apartaos vosotros mismos de ellas mediante un metódico esfuerzo.

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